Entrada Nº10: El lugar donde vivimos

Hace unos días vi una exposición del fotógrafo Robert Adams, este texto toma prestado el título de una parte de su obra expuesta. La serie de imágenes en blanco y negro retrataba un ejemplo del paisaje urbano que conforman el centro de los Estados Unidos. Nada de grandes arquitecturas, sino los barrios clónicos de césped a altura perfecta, y las casas de esa gran clase media americana. La vida estable que representa(ba) el gran sueño americano. Eran los años cincuenta, aún había esperanza.

mayoConcretamente despertó mi curiosidad la fotografía de una feria nocturna, con sus neones iluminados, fulgurantemente blancos entre el negro profundo de la tierra y la oscuridad del cielo. Era una de esas ferias ambulantes que se plantan algunas pocas semanas en cada lugar, el tiempo justo para despertar la curiosidad de los ciudadanos, pero dejándoles con ganas de un poco más. Es esta una muestra de cómo se maneja el tiempo y el espacio, en esta ocasión para crear el embrujo de permanente inestabilidad, porque en la excitación de lo inconstante es donde reside el encanto de la feria. Traen lo ajeno a nuestro mundo de todos los días, y lo hacen con la promesa de irse pronto, de no interferir más allá de un corto periodo. Sí, es una gran fotografía, ha perpetuado lo común y lo extraño, el movimiento y la quietud, lo natural y lo artificial. Refleja el cambio apacible y casi desapercibido de la vida cotidiana.

Algunas personas son como las ferias, prefieren el movimiento continuo, quizá porque les imprime energía, quizá por miedo a la quietud, a despertar sus monstruos si encuentran la tranquilidad de la introspección. Otros prefieren anclarse en el terruño, amantes de la estabilidad, comúnmente perezosos o intolerantes ante el cambio y lo ajeno, ellos temen descubrirse equivocados, encontrar algo mejor fuera de sí mismos. Un tercer grupo lo componen quienes entienden los cambios como un reto y la estabilidad como una oportunidad, aquellos capaces de comprender y moverse entre las fuerzas ejercidas por tiempo y espacio. Y por último, entre estos sectores de la población, hay algunos errabundos, despistados hombrecillos con dudas, incapaces de defender ninguna postura, o quizá valientes antisistema. Y todos ellos son/somos paridos por vientres semejantes, arrojados a un mundo parecido, que nos acogerá a cada uno de distinta manera.

Mis primeros dieciocho años fueron entre la meseta y la montaña, pasé tres años en Madrid, y pronto se cumplirán otros tres años desde que estoy en París. Antes de eso, cuando la primera mudanza ya estaba próxima, alguien me aconsejó evitar pasar simplemente por la ciudad, y dejar que Madrid pasase por mí. Sí, los lugares donde vivimos también nos conforman, de la misma manera que lo hacen las personas. Nos cambian. Pero quien me aconsejó olvidó una pista sobre el tiempo necesario. Si uno se abandona, si inhala el aire de la ciudad, si se abre a ella… ¿Cuánto ha de transcurrir hasta ser parte de ese nuevo espacio? ¿Cuándo el lugar donde vivimos se transforma en algo más que un lugar? No es fácil ese “dejar pasar a la ciudad por uno mismo”, significa empaparse realmente de ella, conocerla, sufrirla.

Mi respuesta personal: tres años. Ese es el periodo que yo necesito para “hacerme” a una ciudad, a su carácter, su urbanismo, sus gustos. Tres años para empezar a conocer sus virtudes y sus miserias. Sólo los meses antes de dejar Madrid me sentí allí como en casa, y sólo ahora París parece un lugar habitable, como si todo este tiempo hubiera tenido la impresión de ser un intruso. En parte lo era.

Ahora algo ha cambiado: las falsas promesas que toda ciudad dedica a sus nuevos huéspedes han perdido su encanto; el contraste gris y aburrido, retrato de una ciudad desapacible, también ha sido medido y asimilado; sus habitante ya me han decepcionado tanto como me han atraído. Todavía hay muchas cosas que ignoro o no comprendo, pero ya empiezo a hacerlo, a sentirme con el conocimiento suficiente para resistir, para aprovechar lo posible, para continuar. Quizá sea hora de otro cambio.

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De la metafísica

Si nos pudiéramos librar de la razón… si pudiéramos, por un instante, abandonarnos a esa brutalidad que parecemos llevar en la sangre, ese rastro de animal que aún nos queda en partes de nuestro cerebro… pero no podemos. Es extraordinaria la diversidad entre los individuos humanos: encontramos un gran matiz que se debate entre el hombre sensible que sólo se deja llevar por sus pasiones, y ese otro intelectual que tan sólo se procura placer con el conocimiento. Aristóteles siempre habló del punto medio, del equilibrio, del balance, en conseguirlo se hallaba la virtud. Luego llegó Kant casi dos mil años después y añadió que no, que había un abismo insalvable entre una cosa y la otra, aunque encontraba un débil puente en el propio proceso de la “duda”. Hume ya lo había anunciado. Schopenhauer rebatió el positivismo que Kant quería encontrar en su duda y Hamlet, ese mismo Hamlet de Shakespeare, tenía su extrema duda en la cabeza volviéndole loco. Así en esta lista de nombres podríamos confundirnos con tanta filosofía y añadir que todos esos grandes hombres no son nada. Pero sí lo son.

Ese es el problema, que todos esos filósofos, a los que aludir en un texto puede volver pretencioso a su autor, todos ellos han sido fundantes de la nueva cosmología. Son dioses de un mundo griego, un mundo de cartón sin fondo, con ricas columnatas y frontones a la entrada, pero con zanjas embarradas tras sus puertas. Ese es nuestro mundo, un mundo decadente en su propio intelecto, que se cree, viendo las magnificas portadas que él mismo ha construido, ser un mundo cercano a la perfección. La realidad es que nos hemos alejado de la vida, es que el hombre virtuoso, el hombre hegeliano en su máximo desarrollo tiende a existir convertido en paria y son el resto, de naturales instintos cercanos a la vida, los que crean los hombre griegos.

Queremos entender el mundo, queremos iluminar nuestras ciudades para que no quede rastro de la sombra, de la duda, queremos ser profetas del futuro y lo somos en verdad, lo estamos construyendo con nuestro empeño. También deseamos amar y ser amados, deseamos entender y disfrutar y queremos encontrar esa quimera impuesta: la felicidad. ¿Quién es feliz en constante? Quizá podríamos dividir el mundo en dos grupos, aquellos que tienden a ser positivos y los pesimistas. Los primeros siempre serán felices porque siempre estarán dispuestos a tener esperanza y creer en lo mejor. Los segundos serán infelices porque su vida es diametralmente distinta a la de los primeros, son Hamlets en un mundo shakesperiano.

¿Pero qué soy? ¿Dónde conocer el árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Cómo vivir? No lo sé. El otro día vi a un hombre que tenía la vida que yo quería y sentí envidia y desazón, sentí a la vez que no quería ser otro él y que debía encontrar mi camino. Me di cuenta, aquel día, que yo no soy porque no sé qué soy. Lo confuso es que no sé describirme como ser y, también, me quedo callado en muchas conversaciones, cuando el tema que se trata me sobrepasa, me impone su duda pesada y no sé juzgar si aquello que yo iba a decir se trata precisamente de algo bueno o si bien es maligno. ¿Cómo vivir en esta desazón, en esta duda? ¿Cómo? No parece que haya una respuesta exacta. Aún teniéndolo todo, aún disfrutando del mundo y de sus facilidades siempre resta la filosofía.

Nadie está a salvo de la metafísica.

El ajeno, la virtud y lo mejor

Si soy sincero me he quedado absorto en el título del “vuelapluma” anterior. “El extranjero” me ha llevado a pensar en la novela homónima de Camus, pero yo no elegí ese título buscando un paralelismo, sino que surgió fruto del azar, de la reflexión de los otros en el uno. Y sin embargo hoy he caido en el título y he recordado esa maravillosa novela de Camus, otro “lobo estepario” más junto con el de Hesse. Aún con todo, no tiene nada que ver una cosa con la otra y los argumentos son completamente antagónicos, y no se entienda mal, yo no pretendo compararme con ninguno de los autores citados. Simplemente pienso en voz alta, este es mi espacio, pequeño, minúsculo en el universo cibernético, humilde y carente de ninguna relevancia, pero mío y de quien lea estas palabras. Hoy pienso en ese texto que he escrito y en el de Hesse y en el de Camus y realmente no me parece que hablemos de cosas distintas en lo profundo (aunque cada uno a su nivel, y yo del mío soy muy consciente) pero sí creo que ha habido un error por mi parte.

En las novelas de ambos autores se escribe sobre el ser asocial, el ser fuera de la sociedad, de una humanidad construida por sí misma a lo largo de la historia, con valores constuidos. Es decir, de un constructo y del ser, del hombre que se deteniene y “ve” propiamente el constructo. “El extranjero” en Camus es un ser activo en ese mundo que no entiende por entenderlo, aunque sea paradójico. El lobo estepario de Hesse sufre por comprender su propia naturaleza y no aceptarla, luchar contra ella, contra el collar social que le han impuesto y que le encantaría arrancar a mordiscos. Mi extranjero es pasivo, desencadenante de lo que ocurre en el oriundo. Socialmente la interpretación es facil: el oriundo necesita del que está fuera para entender su propio mundo. Lo malo es que no hay nadie separado del mundo. El conocimiento parece la única forma de conseguir reflexionar de forma más correcta, ya que por supuesto no estamos dispuestos a aceptar que algo sea pobre o malo si nos gusta.

Escribo estas lineas escuchando el raggaeton de mis vecinos. Detesto esa “musica” me parece fea, algo que no participa de lo que yo entiendo como bueno, agradable al oido, como digno de la exaltacion de lo estético o de lo discerniente, es algo que no entiendo como arte. Y sin embargo hay muchos que aman esa música, igual que hay personas que solo ven películas como método de distracción, o leen historias con final feliz porque es eso lo que a ellos les agrada. ¿Quién es nadie para afirmar que Camus o Hesse, ambos premios nobel, son más dignos de la lectura? O que Beethoven o Pierre Boulez son “mejores” a quienquiera que ha compuesto la pieza de musica que tengo la desagradable obligacion de escuchar ahora. Parece producto de la pedanteria creer unos valores como mejores y sólo se me plantea una duda eterna e irresoluble, filosofía dura que parece una renovación del escepticismo. Conocí hace muy poco a una filósofa que trabaja precisamente en ese tema para su doctorado: “La duda como elemento conformador del conocimiento”. Entonces es el extranjero, no el mío sino el de Camus o el lobo de Hesse, quien tiene razón, esa eterna duda (que parece una maldición de los hombres) es la piedra clave de la humanidad. Pero si esto es así, la piedra clave tiene la desventaja de estar en el fondo del primer cimiento, ignorado por todo el edificio construido por encima, ciego orgulloso de la altura que ha conseguido. Lo malo es que la duda es irresoluble, que el extranjero caerá en la locura por no saber encajar en un mundo que lo juzga con reglas que no valen para él, porque es ajeno al mundo.

Yo finalizaba con una frase lapidaria: “¿Y al ajeno? A él solo piedras y la vida tranquila”. He de retractarme por respecto a Hesse y a Camus, aunque con un matiz. Yo hablaba en mi texto de un “extranjero” en el propio sentido geográfico del término, alguien que venía de otro pais y que juzgaba un papel vital para el “oriundo”. Yo tomé ambos términos con inocencia, sin pararme a considerar unos aspectos más profundos y en ese término he errado al trastocar su orden. Por consecuencia, mi última linea en lo profundo es un completo error. El escritor, el compositor, el pintor, el artista en fin, es decir, el ajeno o el extranjero es quien se salva, aunque sometido a la turbulencia de la duda. Es el oriundo quien vive con piedras y se estira perezosamente en la vida tranquila.

Por tanto, y con eso sí que terminaba yo, el artista, un buen artista que tiene en su poder un buen pedazo de conocimiento y una cierta inteligencia, es el único capaz de enajenarse, de extrañarse en un sentido Hegeliano, de conseguir hacerse mejor y comprender el mundo y evolucionar como ser humano. Eso parece lo coherente, hay personas que consiguen o buscan esto y son más virtuosas que el resto. Pero todo esto, sometido a la duda, se llena de sombras y a este que escribe le salta la questión de si no serán paparruchas aprehendidas que no valen nada. ¿Y entonces? Entonces nada.

Desolador.

Ik-Elgamar (I)

Ik-Elgamar había nacido hacía setenta y ocho años, pero aparentaba apenas veinte. Pertenecía a una raza rara, con una población muy baja en aquel mundo extraño, por ello la pérdida de cada individuo era una auténtica tragedia. Como contrapartida, la raza de Ik-Elgamar vivía una media de quinientos años.
A Ik le daba igual.
La estela que cruzó aquel bosque corría a una velocidad pasmosa, imposible de conseguir para cualquier humano, y muy difícil para una maquina por la frondosidad del lugar. Él dejaba un rastro gris, como el color de sus ropas y esquivaba continuamente los fogonazos que se estrellaban de árbol en árbol, tronchandolos, lanzando llamaradas que dejaban un camino ardiente. Uno de los proyectiles cayó cerca, los hechiceros de Kerm, la orden ígnea de los magos, le perseguían desde hacía días y habían dado con él una hora antes. Eran diez, nueve ahora, ya que Ik consiguió atravesarle la garganta a uno de ellos con su espada.
Le perseguían por ser quien era, por descender de los Elgamar, por ser de una raza distinta a la suya. Ik les odiaba y lo hacía con razón, les mataría en cuanto tuviera oportunidad, pero en aquel momento debía llegar a su objetivo, no podía esperar. Corría con todas sus fuerzas, esquivando los arboles y las bolas de fuego que le lanzaban los hechiceros, quienes se encontraban agotados de correr, aun con las pociones que alteraban su cuerpo.
Salió del bosque, atravesó una zona de lomas suaves de hierba cortada por el ganado. En una elevación especialmente pronunciada se detuvo en seco. Allí lo vio.
Ante él, no demasiado lejos, una montaña solitaria se elevaba exageradamente vertical, como si hubiera sido el producto artificial de un dios caprichoso. El pico tenía en su base un corte ancho que revelaba una puerta dorada. Ik no estaba seguro, pero las leyendas decían que había sido construida en auténticos ladrillos y planchas de oro, repujado con miles de frases en todos los idiomas conocidos y con gemas incrustadas aquí y allá de tamaño de la cabeza de un buey. Guardaban aquellas enormes puertas dos estatuas, colosos cubiertos de plata, con los ojos muy abiertos y grandes espadas prestas a caer sobre el infeliz que pretendiese cruzar ante ellos con objetivos innobles.
Ik sudaba, jadeaba. Se dio la vuelta, los hechiceros salían del bosque y se reunían. Estaban agotados, pero él también se encontraba exhausto. Sólo un obstáculo se interponía entre él y aquellas puertas que conducían al oráculo de los dioses, el vidente más sabio del planeta, el único que podía darle la solución para salvar a su raza. El obstáculo era un bosque, casi se podría haber dicho que era un jardín, apenas una gran explanada de brotes jóvenes, zarzas y matorrales azules. Pero su apariencia inofensiva era solo una trampa. Ik lo sabía, desenfundó su espada, un arma estilizada y mucho más larga que las que los humanos utilizaban, pero perfecta para él.
Ik cerró los ojos. Rezó. Sí, era creyente, creía en una divinidad que protegía el mundo, un padre protector que cuidaba de todos ellos.
Los hechiceros se acercaron a él, aprovechando aquel momento, en sus manos aparecieron grandes bolas incandescente y las lanzaron en el mismo momento en que Ik emprendió su carrera con un gran salto. Aceleró, ninguno de los fogonazos le llegó a dar. Corrió, con la mandíbula apretada por la presión, con todos sus sentidos agudizados. Así se internó en aquella extensión que apodaban “el último jardín”. El peligro no se hizo esperar y de la nada surgieron tentáculos afilados que le buscaban, que le sorprendían en su camino, que le hacían fintar, saltar, voltearse, hacer mortales y recurrir a todas sus maniobras de experto acróbata. Más de una vez su espada cortó algunos de aquellos tentáculos vegetales, pero surgían muchos más buscando venganza. Su marcha se retrasaba y se hacía lenta y pesada.
Los hechiceros, que no se habían atrevido a adentrarse en el último jardín, se quedaron boquiabiertos observando desde una altura privilegiada cómo aquel individuo recorría el laberinto vivo que intentaba engullirle. Todos los hechiceros sabían que eran muy pocos los que habían sobrevivido al jardín, que aún menos personas lograron soportar la prueba de los colosos y que nadie había atravesado aquellas puertas para luego conseguir volver. No hicieron nada, su cacería había terminado, si él conseguía salir vivo se merecía su libertad.
Ik se encontró, sin preverlo, acorralado y se derrumbó, los tentáculos le tiraron al suelo, le golpearon, una espina del tamaño de un puñal se clavó en su muslo izquierdo, gritó por el dolor pero no cejó. Empuño su espada y cortó los tentáculos más cercanos. Se arrancó la espina, rabioso, y acuchilló otra de aquellas plantas que le agredían con saña. Saltó a una altura inimaginable y cayó de golpe creando una vorágine de fuego violáceo que calcinó las plantas cercanas, prosiguió su carrera sin hacer caso del dolor de la pierna, pero tuvo que esquivar muchos otros tentáculos, hasta que al fin llegó al otro lado y se dejó caer en el suelo, jadeando otra vez.
Ik-Elgamar se levantó tras varios minutos, no podía perder mucho más tiempo, se vendó la pierna y observó a los magos, lejos, sobre la misma loma en la que él había divisado su objetivo. No se sintió intranquilo por su presencia, pero sí cuando se dio la vuelta y se encontró con la visión de aquellas estatuas de guerreros que le miraban fijamente, parpadeando con sus ojos de piedra. Debían de alcanzar veinte metros fácilmente. Suspiró, cogió aire y se acercó. A cada paso que daba, la cabeza de las estatuas giraba, produciendo un sonido de roca rozando contra roca casi ininterrumpido. La prueba de las estatuas consistía aparentemente en algo fácil: sólo dejarían pasar a aquellos cuyas preguntas fueran dignas de la virtud de las respuestas del oráculo. Tenía miedo, no lo iba a negar, había recorrido desiertos, superado ejercito, sufrido la persecución constante de hechiceros, de brujos, de inquisidores y soldados, pero aquel instante inevitable, en el que nada podía hacer o decir para librarse de las repercusiones, aquel momento le aterraba. Si sus intenciones y sus preguntas no eran legítimas, entonces moriría bajo el peso de enormes espadas. No había lugar para regresar, pues volver al último jardín sería asegurar su muerte y aún cuando lo consiguiera atravesar, tendría a los hechiceros esperándole. No, debía mantenerse firme, su misión era justa, su gente había depositado en él todas sus esperanzas, no podía fallarles y no pensaba hacerlo. Debía de creer en sí mismo.
Ik-Elgamar pasó ante las estatuas serio, tenso, cojeando, sucio del largo viaje, con la pierna ensangrentada, con el hombro chamuscado por un hechizo que no había logrado esquivar, con multitud se cicatrices y con sólo una idea en su cabeza. Ik-Elgamar pasó sin que las estatuas hicieran nada, únicamente se limitaron a observarle.
Eufórico aceleró el paso hacia las enormes puertas, vería al oráculo, se sentía dichoso y lanzó un agradecimiento hacia aquel Dios en el que él creía. Las puertas se abrieron ante él, revelando una luminosidad casi diurna que manaba del interior de la montaña. Dudó un solo instante, volvió su vista hacia afuera y, sonriendo, se adentró en lo desconocido, cerrandose las puertas tras él.

J.C.Adam

Era perfecto, el bueno de J.C.Adam era perfecto. Todo el mundo lo decía. Lo llamaban así por su madre, americana, a todos les hacía gracia llamarle Adam aunque nunca supo inglés. Ni siquiera recuerdo qué letras seguían a sus iniciales.
Adam se levantaba todos las mañanas a las 6:34, se acicalaba minuciosamente, se engominaba el pelo, se vestía con cuidado y tenía un alfiler de corbata distinto para cada día de la semana. Nunca se confundía, el del lunes siempre lo llevaba el lunes, el del sábado siempre se veía brillando en su corbata azul del sábado y así con todos. El bueno de Adam, todos sus amigos le llamaban así y las mujeres siempre decían que era perfecto.
Yo le conocí una noche en Madrid, no recuerdo el año pero él tendría los treinta y yo sólo unos pocos más. Era un buen tipo, le invité a un whisky en el Pasapoga y nos fuimos todos a casa de Julio Gómez, un republicano al que habían sacado de la cárcel poco antes. Estuvimos en el apartamento hasta tarde y a Adam se le veía incómodo. Era guapo, muy guapo, lo dijeron todas y más de una se le acercó buscando un cigarrillo y algunas palabras vacías, todo acogido por interminables caídas de pestañas. Dicen que fue Julia la que se enamoró de él aquella noche pero yo creo que fue la rubia de Paula, nunca lo supimos porque las dos dijeron que era perfecto.
Adam tenía alquilado un piso en la calle Fuencarral, que por entonces era muy distinta a como es hoy. Por allí pasaba el tranvía si no recuerdo mal, aunque mi memoria me juega malas pasadas a estas alturas. Aquella noche Adam se metió en la cama incómodo y cuando amaneció la aurora de rosáceos dedos, como F.L. solía decirnos, aquel hombre, cuya identidad dependía de un apellido que nunca sintió suyo, se despertó exactamente a las 6:34. Se lavó acariciandose con agua de colonia, se engominó el pelo hacia atrás como siempre hacía, observó su colección de alfileres y, aunque era Jueves aquel día decidió, para asombro del retrato de si mismo que le observaba desde el aparador, el alfiler del domingo.
Adam era perfecto, las mujeres siempre lo decían. Nunca he entendido que veían las mujeres de perfecto en meterse una bala en la cabeza un Jueves de Marzo. J.C. no dejó ninguna nota y cuando nos enteramos de su fatídico fallecimiento, F.L. meneó la cabeza susurrando: el bueno de Adam.
Definitivamente la bondad y la perfección son atributos extraños que no tengo ni aspiro a ellos.