Conversación con Van Gogh

29 ene

¿Qué miras Vincent? ¿Qué estás mirando? Parece que a mí y a cualquiera delante del óleo, quizá ves más allá, quizá el final. Sí, esos ojos de agua tienen que sobrepasar lo púdico de un cuerpo como el mío, de unos ojos como los míos. No, no nos miras. Tú permaneces fuera de esa maldición que atan a los retratos en la contemplación fija hacia el espectador, repitiendo eternamente el gesto sin parpadeos, permaneciendo con las pupilas encendidas cuando las salas quedan vacías y la luz se apaga.

Tú te pintaste constantemente y tus retratos podrían valer como las páginas de un diario, como complemento a las cartas que enviabas a tu hermano, Theo, ese clavo que te mantuvo en vida aún cuando tú no estabas seguro de ella.

Y sin embargo pintas esto ya muy cercano al punto de no retorno. En este fondo violeta, azul oscuro, negro, tenebroso, está la voz de tu madre que te llama; la sonrisa torcida de Theo, que te observa con pena; está el sueño de tu vida y, sobre todo, está Gauguin. Sí ¿Es a él? ¿Es a Paul a quién miras? Nunca lo sabremos, pero es posible que tu mirada le espere hasta el día en que se coloque ante el retrato y llore de verdadero arrepentimiento. Los dos sabemos que es algo que no va a pasar. Tú ya lo adivinas ahora y yo lo sé desde mi futura posición.

Todos se han ido, te has quedado solo, encerrado en la oscuridad que te ha llevado a Saint Remy, allí estás lejos de ti mismo, lo adivino en los ojos que aguardan la libertad, que la sueñan todas las noches pensándose en otra habitación que se deshace de puro miedo a perderla para siempre.

Y sin embargo este es tu último paso hacia atrás. Yo sé y quizá tú también adivinaras esto al protegerte los hombros con el calor azul de la fe, que este será tu último momento feliz, el último esfuerzo en el pulso que juegas contra ti mismo, contra la tristeza, contra la locura. Ella va a ganar, Vincent, la luz que te caldea la espalda y abrillanta el fuego de tu cara se apagará y todos tus matices serán absorbidos por el púrpura del mundo, por lo ordinario. Tus ojos ya se embarrarán en el próximo retrato que envíes a tu madre. Uno puede imaginarse perfectamente a esa mujer que recibe el paquete de su hijo y lo abre con deseo justo antes de apartase, asustada ante lo que ha ocurrido con su hijo. Pero todo eso será dentro de unos meses. Ahora, en este instante, tienes esperanza, quieres creer que la paleta de tu mano será suficiente para vivir, es la ilusión que te queda: la ambición de vivir por ser pintor y por pintar.

Te añoro, Vincent. Hubiera deseado que ganaras en el pulso vibrante con la demencia. Pero no fue así. Tenías razón ya en Saint Remy, habías perdido tu habitación entonces y nunca la volviste a encontrar. Dentro de unos pocos meses te hallarás en un campo cada vez más lúgubre, un campo de pesadillas donde los cuervos te hablarán con burlones graznidos de lo que nunca tuviste y osaste desear.

Pobre Vincent… ¿Qué me puedes decir desde esa silenciosa boca? Deja ya de buscar a Paul, él nunca volverá. Olvídate de por qué no lo hiciste antes y piensa en que lo harás al final, después de haber amado tanto, de sentirte tan vacío y recorrer ciudad tras ciudad en busca de ti mismo y de tu felicidad. Ese final vendrá en un campo de trigo que aún no conoces, con el caballete a un lado y la pintura aún fresca sobre tu paleta. ¿Pero qué último impulso te otorgará el valor final? Esa pregunta jamás tendrá respuesta, ni tampoco tú la sabes hoy, aquí, rodeado del malva. Quizá será una cruel broma de los cuervos o un ondulante movimiento el que te revele que no habrá más de ese tipo. El silbido del aire te susurrará que las espigas seguirán meciéndose en el aire cuando tú ya no estés. Y eso, igual que a Virginia, te bastará para resbalar en el borde y caer y seguir cayendo. Te darás cuenta de lo solo que estás, de que lo has perdido todo y de que lo único seguro que te quedaba, la pintura que también manchará el revolver al tomarlo, era un sueño que nadie había juzgado con posibilidades de cumplirse. ¿Entonces te aplastará tú propio cielo empastado? He de decirte que ese color de aquí lo encontrarás también allí, pero para entonces ya no te quedará la determinación que hoy tienen tus mejillas. Puede que finalmente cuando cierres los ojos y aprietes el gatillo te sientas liberado por el dolor. Caerá tu espalda al suelo, Vincent, pero no habrás muerto. Volverás a la cama, dolorido pero creyendo en la vida, dispuesto a pintarte igual que ahora. Ese será tu último pensamiento sano antes de que llegue el médico y Theo y la fiebre y el sudor frío que anuncie el final. Morirás pálido contra el rojo de tu barba y con las manchas amarillas del campo aún marcando tus dedos de pintor.

Fuiste muy valiente, Vincent, otros no lo podemos ser.

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Alejandro Gris

28 ene

Alejandro Gris inclinó por cuarta vez la taza de cerámica hacia sí mismo. Seguía vacía. ¿Qué esperaba? ¿Qué se rellenase sola de café? Y todo por no levantarse de delante del ordenador, por no caminar los pasos que le separaban de la cocina y servirse una taza más. Entonces se dio cuenta de que de verdad le gustaba el café porque si no fuera así no tendría tanta insistencia en buscar que manase por embrujo del fondo blanco de la taza roja.

Suspiró, un suspiro más que cayó entre los papeles que por todas partes tenían su nombre anotado, una manía que su padre le había pegado de los años de colegio, en los que le insistía sobre el valor de las cosas y el peligro de que estas “desaparecieran” o, peor aún, las robasen. Por eso “Alejandro Gris” era una constante entre muchas otras constantes, variables y coeficientes. Las hojas se arremolinaban sin ningún sentido, pero sí lo tenían, en las esquinas inferiores, junto al nombre, una simple sucesión algebraica indicaba en qué sentido debían de ir todas aquellas páginas llenas de ecuaciones.

Alejandro se quedó mirando su propio nombre, acordándose de su padre y de los manuales manoseados con su nombre clavado en las primera páginas, nombre que aún permanecería dentro del gran baúl en el cobertizo de la mancha, donde aquellos libros y cuadernos de infancia dormían sin sentido. Alejandro se levantó, se quitó las gafas, se frotó los ojos cansados y esta vez sí recuperó la taza y caminó hasta la cafetera que ya estaba fría. Tuvo que dejar que el microondas calentara el brebaje y después de ese minuto se acercó a la ventana y observó cómo amanecía. Sí, había pasado la noche en vela y ni se había dado cuenta. El primer autobús de la línea 23 recorría la calle en aquel momento. Ni siquiera llevaba viajeros, sólo los propios miembros de la compañía, a los que recogía a aquellas horas para trasladarlos hasta el lugar donde dormían los autobuses.

En el piso de arriba se escucharon los pasos arrastrados de Inés, anciana de setenta y cuatro años que seguía levantándose a las seis de la mañana para “hacer sus cosas” A Alejandro se le ocurrió poner música, algo no solía hacer. Introdujo el cd y le dio al play mientras saboreaba el café otra vez. La pieza comenzaba con unas cuerdas tímidas que se arrastraban entre los árboles como el viento de la mañana, veinte segundos y un clarinete, protagonista de la obra, comenzaba a caminar por la tierra levantada de la mancha que Alejandro tanto recordaba. El instrumento parecía estar triste, dudar mientras seguía su senda de niebla y de pájaros madrugadores, pero ahí seguía el hombre. Alejandro cerraba los ojos, bebía café e imaginaba a su padre, a cientos de kilómetros de aquella ciudad, frotarse las manos curtidas, gruesas de los años desgastados, y avanzar contra el frío de lo vasto e inabarcable, del campo infinito.

La pieza terminó con el revoloteo del clarinete que se rompía como el pájaro alejándose del hombre que avanza. Alejandro Gris volvió a sus papeles y retomó la ecuación que, creía, no tardaría mucho más en resolver. El recuerdo de su padre se quedó en la esquina inferior de sus papeles y a la taza roja ya no le quedaba más café.

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Naufragio de sentidos

25 ene

La tumba del hombre es el lugar en el que vive. El sentimiento está plagado de escarabajos devoradores que asoman desde las heridas abiertas como graciosas sonrisas del interior.

¿Qué ha sido de los héroes? ¿Qué de las túnicas blancas de la imaginación? El sueño mediterráneo desapareció con las espadas caídas en desgracias y barro. No, hijos míos, ya sólo quedan ruinas de lo antiguo y parece que eso es lo que debe ser. El paso imperturbable del padre tiempo entre los olivos retorcidos será el que haga crecer a los hombres y les dé el aliento dorado. Ese padre, de pies encallados, ese lugar común de todos los desvelos, es él a quien rendimos culto en las iglesias y en las calladas noches en que miramos las paredes blancas sin saber qué miramos o quienes somos.

La tumba de la que se hablaba, gastada entre arenisca con palabras pintadas, guarda al hombre que será. La ineptitud está en cada brochazo que malcubre la pared blanca, o que sería blanca de ser. ¿Cómo se ha de construir el pasado o el presente? ¿Cómo conocer los huesos que sostendrán a la carne de las costumbres? Esa carne que ha de ser caliente y recibir los besos que ha de aprender a dar. Parece que no hay respuesta.

El temblor de los juncos en la laguna y la sencillez de las nubes que transcurren por el azul inminente del cielo son las aspiraciones básicas que se complicaron con el paso del tiempo y de la mente. ¿Tenemos sentido?

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Entrada Nº2: La intimidad

23 ene

En Paris no hay cortinas en las casas y si las hay, los habitantes tras los cristales tienen la costumbre de no echarlas. No, no hay vergüenza a la intimidad. Aquí lo íntimo es otra cosa, algo mucho más natural. En España la intimidad es algo obsceno, que debe ser obsceno y que nos traslada las imaginaciones hasta secretos inconfesables que han de ser, eso creemos, pecados forjadores de nuestra condena. Los españoles no creemos en la justicia, sólo en el pecado íntimo, ese que parece guiarnos hasta la enfermedad con unos escrúpulos de cirujano paranoico.

Los españoles creemos en la culpa. De quién hemos heredado tal síntoma está claro, pues la cruz sigue marcada en nuestra frente. Sería mucho decir que Francia es de tal otra manera, porque al fin y al cabo es un país extenso y diferente, pero quizá no seríamos demasiado prepotentes si dijéramos que en París la culpa parece un vicio antiguo, cosa del XIV o al menos de antes de Napoleón. En una ciudad sin culpa, la gente puede hablar de sus defectos tanto como de sus virtudes sin que por ello se vaya a saltar algún tipo de normal moral o de regla de educación. En España nos cerramos tras nuestras cortinas para que nadie pueda ver lo que esconde la oquedad de nuestras vidas. En París cuando paseas de noche puedes encontrarte con las vidas no escritas de todos esos hombre, mujeres y familias que, lejos de avergonzarse de su intimidad, la exponen sin miedo.

Ellos saben que la intimidad es otra cosa, algo distinto, más íntimo aún que la propia palabra, y que se muestra en el espacio físico sólo en forma de invisibles.

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