“La dama boba”

29 feb

Uno se pone a pensar y llega a la conclusión de que parece necesario cierto radicalismo en las opiniones, con el objetivo de abofetear los dogmáticos.

El señor Feliz de Azúa, uno de los brillantes, de los intelectuales podríamos decir, que quedan en esta España pobre de inteligencia, escribía hace poco en su blog sobre la ignorancia manifiesta de los políticos. Es algo bien extendido que se desprecia a los que saben desde las instituciones y se prefiere con mucho a los dogmáticos de cruz latina en ristre o de incansable recelo a lo nuevo. Parece que España vive en un renovado conservadurismo donde las doctrinas políticas han clavado su rodilla ante las económicas, donde el individuo ha sido vendido y donde se vive con la idea de “todo momento pasado fue mejor” Lo terrible es que hace unos días ese momento pasado se manifestó con una misa en el valle de los caídos. Franco, al parecer, no fue tan malo; semejante hecho que debería despertar una gran indignación y desprecio tanto hacia los políticos que permiten esto como en los católicos hacia su propia iglesia al manifestar el homenaje a tal figura ha pasado como una brisa podrida más en el cenagal de nuestro país. Eso sí, no hay que olvidar que si uno lanza una acusación o tiene la mala idea de comparar a Franco o Hitler se le tachará de ciego, obstinado y quizá radical.

Bien, comenzaba hablando de cierto radicalismo que parece necesario, por lo que me encuentro con el valor suficiente de afirmar que Franco igual que Hitler fue un dictador y que si en Alemania no se permiten adoraciones a su oscura figura no es sólo por Austwicht, (que se ha convertido en Leitmotiv a estas alturas) La idea aceptada con resignación de Franco como autoridad política de turno casi hasta legitimada por el pueblo es ciertamente vomitiva. Ni era un “abuelete” ni un “galleguillo” simpático; que fuera un dirigente patético y un dictador risible no significa que fuese menos déspota que lo fue Adolf. Recordar también que al menos Hitler consiguió el poder con las urnas en un tiempo convulso, en el caso de nuestro aflautado caudillo fue por una guerra.

Felix de Azúa terminaba en su artículo por anunciar eso que todos sabemos, que “España no es Europa, pero tiene que parecerlo” Un juego de apariencias que nos sitúa como “paletos” ante la Europa que se ríe de nosotros, que nos señala aún por tener creencias que ellos ya han superado y que nosotros denominamos “tradición” que se ríen de nosotros por enfrentarnos a la tiranía con nostalgia y una ley de indulgencia creada para que los crímenes del franquismo no salgan a la luz y para que si un Juez le da por abrir los ficheros pueda ser cesado por la osadía.

España es un país un tanto patético entonces, dónde la población crítica, pensante, la población que duda, lee, va a la universidad para aprender que no a la universidad como escuela de trabajo (modelo implantado ya hace años sobre todo en ciertas carreras) se ha mantenido estancado. O el porcentaje no ha variado o ha variado muy poco, tan poco que las cosas no han cambiado, lo cual demuestra su estatismo. Pensar en España es pensar en la derrota, en la muerte de la inteligencia y la coronación de la ignorancia, transmitida a un pueblo que no cree en aquellos que piensan y se burla de aquellos que lo hacen. Este país es feliz en su ignorancia igual “La dama boba” de Lope de vega pero de forma más oscura y orgullosa, habiendo tomado tal ignorancia como regla con la cual medir a todos, siendo ella la mejor medida. No hay esperanza en España para un mejor futuro.

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Autorretrato, Cartier Bresson

7 feb

¿Quién eres? Pero la pregunta se vuelve demasiado íntima y pronto se transforma en quién soy. ¿Quién soy, entonces? Una sombra. Esa es la respuesta que se afirma rápidamente. Ese efecto inmediato es producto del contraste. Luz y oscuridad, sombra y luz. ¿Es un juego de contrarios entonces? No, no lo es y ya basta de preguntas, de conversaciones entre mudos que no dejan de mirarse.

Soy una disolución de mí mismo que ante la magnitud natural de los álamos se siente pequeño, moribundo. Sí, es cierto que yo moriré antes que ellos pero también sé somos igual de frágiles; esas columnas majestuosas caerán. Sus raíces son débiles, poco profundas y su vida está destinada a crecer en busca de la gloria, de estirar sus nudosos dedos hacia el cielo para que los pájaros se posen, burlones, y los niños suspiren y piensen en llegar a ser tan altos como ellos. Yo ya no suspiro, ese tiempo pasó hace muchos años. Resta el recuerdo oscurecido y una pregunta acerca de la gracia revoloteando en mi cabeza, polilla de un mal mes o un mal año o una mala época…

Hace frío, es invierno, Enero posiblemente. El día ya declina y pronto mi imagen, esa que capto con la lente de la cámara, se deshará igual que la imagen de los árboles. Somos sólo siluetas negras y nada más. Es extraño que quede este recuerdo perenne del instante, y quizá permanecerá aún cuando mis huesos nutran otras raíces en otro lugar. ¿Volveré a pistar este camino, esta carretera? No, jamás tocaré estos árboles y una foto similar será imposible. Por eso esto me representa, por eso es mi autorretrato, porque no es nada y eso es lo que soy: la sombra tímida de algo pequeño en un mundo de sombras donde todos estamos condenados o a desaparecer cuando llegue la noche o a caer antes, víctimas de nuestras propias raíces.

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Conversación con Van Gogh

29 ene

¿Qué miras Vincent? ¿Qué estás mirando? Parece que a mí y a cualquiera delante del óleo, quizá ves más allá, quizá el final. Sí, esos ojos de agua tienen que sobrepasar lo púdico de un cuerpo como el mío, de unos ojos como los míos. No, no nos miras. Tú permaneces fuera de esa maldición que atan a los retratos en la contemplación fija hacia el espectador, repitiendo eternamente el gesto sin parpadeos, permaneciendo con las pupilas encendidas cuando las salas quedan vacías y la luz se apaga.

Tú te pintaste constantemente y tus retratos podrían valer como las páginas de un diario, como complemento a las cartas que enviabas a tu hermano, Theo, ese clavo que te mantuvo en vida aún cuando tú no estabas seguro de ella.

Y sin embargo pintas esto ya muy cercano al punto de no retorno. En este fondo violeta, azul oscuro, negro, tenebroso, está la voz de tu madre que te llama; la sonrisa torcida de Theo, que te observa con pena; está el sueño de tu vida y, sobre todo, está Gauguin. Sí ¿Es a él? ¿Es a Paul a quién miras? Nunca lo sabremos, pero es posible que tu mirada le espere hasta el día en que se coloque ante el retrato y llore de verdadero arrepentimiento. Los dos sabemos que es algo que no va a pasar. Tú ya lo adivinas ahora y yo lo sé desde mi futura posición.

Todos se han ido, te has quedado solo, encerrado en la oscuridad que te ha llevado a Saint Remy, allí estás lejos de ti mismo, lo adivino en los ojos que aguardan la libertad, que la sueñan todas las noches pensándose en otra habitación que se deshace de puro miedo a perderla para siempre.

Y sin embargo este es tu último paso hacia atrás. Yo sé y quizá tú también adivinaras esto al protegerte los hombros con el calor azul de la fe, que este será tu último momento feliz, el último esfuerzo en el pulso que juegas contra ti mismo, contra la tristeza, contra la locura. Ella va a ganar, Vincent, la luz que te caldea la espalda y abrillanta el fuego de tu cara se apagará y todos tus matices serán absorbidos por el púrpura del mundo, por lo ordinario. Tus ojos ya se embarrarán en el próximo retrato que envíes a tu madre. Uno puede imaginarse perfectamente a esa mujer que recibe el paquete de su hijo y lo abre con deseo justo antes de apartase, asustada ante lo que ha ocurrido con su hijo. Pero todo eso será dentro de unos meses. Ahora, en este instante, tienes esperanza, quieres creer que la paleta de tu mano será suficiente para vivir, es la ilusión que te queda: la ambición de vivir por ser pintor y por pintar.

Te añoro, Vincent. Hubiera deseado que ganaras en el pulso vibrante con la demencia. Pero no fue así. Tenías razón ya en Saint Remy, habías perdido tu habitación entonces y nunca la volviste a encontrar. Dentro de unos pocos meses te hallarás en un campo cada vez más lúgubre, un campo de pesadillas donde los cuervos te hablarán con burlones graznidos de lo que nunca tuviste y osaste desear.

Pobre Vincent… ¿Qué me puedes decir desde esa silenciosa boca? Deja ya de buscar a Paul, él nunca volverá. Olvídate de por qué no lo hiciste antes y piensa en que lo harás al final, después de haber amado tanto, de sentirte tan vacío y recorrer ciudad tras ciudad en busca de ti mismo y de tu felicidad. Ese final vendrá en un campo de trigo que aún no conoces, con el caballete a un lado y la pintura aún fresca sobre tu paleta. ¿Pero qué último impulso te otorgará el valor final? Esa pregunta jamás tendrá respuesta, ni tampoco tú la sabes hoy, aquí, rodeado del malva. Quizá será una cruel broma de los cuervos o un ondulante movimiento el que te revele que no habrá más de ese tipo. El silbido del aire te susurrará que las espigas seguirán meciéndose en el aire cuando tú ya no estés. Y eso, igual que a Virginia, te bastará para resbalar en el borde y caer y seguir cayendo. Te darás cuenta de lo solo que estás, de que lo has perdido todo y de que lo único seguro que te quedaba, la pintura que también manchará el revolver al tomarlo, era un sueño que nadie había juzgado con posibilidades de cumplirse. ¿Entonces te aplastará tú propio cielo empastado? He de decirte que ese color de aquí lo encontrarás también allí, pero para entonces ya no te quedará la determinación que hoy tienen tus mejillas. Puede que finalmente cuando cierres los ojos y aprietes el gatillo te sientas liberado por el dolor. Caerá tu espalda al suelo, Vincent, pero no habrás muerto. Volverás a la cama, dolorido pero creyendo en la vida, dispuesto a pintarte igual que ahora. Ese será tu último pensamiento sano antes de que llegue el médico y Theo y la fiebre y el sudor frío que anuncie el final. Morirás pálido contra el rojo de tu barba y con las manchas amarillas del campo aún marcando tus dedos de pintor.

Fuiste muy valiente, Vincent, otros no lo podemos ser.

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Alejandro Gris

28 ene

Alejandro Gris inclinó por cuarta vez la taza de cerámica hacia sí mismo. Seguía vacía. ¿Qué esperaba? ¿Qué se rellenase sola de café? Y todo por no levantarse de delante del ordenador, por no caminar los pasos que le separaban de la cocina y servirse una taza más. Entonces se dio cuenta de que de verdad le gustaba el café porque si no fuera así no tendría tanta insistencia en buscar que manase por embrujo del fondo blanco de la taza roja.

Suspiró, un suspiro más que cayó entre los papeles que por todas partes tenían su nombre anotado, una manía que su padre le había pegado de los años de colegio, en los que le insistía sobre el valor de las cosas y el peligro de que estas “desaparecieran” o, peor aún, las robasen. Por eso “Alejandro Gris” era una constante entre muchas otras constantes, variables y coeficientes. Las hojas se arremolinaban sin ningún sentido, pero sí lo tenían, en las esquinas inferiores, junto al nombre, una simple sucesión algebraica indicaba en qué sentido debían de ir todas aquellas páginas llenas de ecuaciones.

Alejandro se quedó mirando su propio nombre, acordándose de su padre y de los manuales manoseados con su nombre clavado en las primera páginas, nombre que aún permanecería dentro del gran baúl en el cobertizo de la mancha, donde aquellos libros y cuadernos de infancia dormían sin sentido. Alejandro se levantó, se quitó las gafas, se frotó los ojos cansados y esta vez sí recuperó la taza y caminó hasta la cafetera que ya estaba fría. Tuvo que dejar que el microondas calentara el brebaje y después de ese minuto se acercó a la ventana y observó cómo amanecía. Sí, había pasado la noche en vela y ni se había dado cuenta. El primer autobús de la línea 23 recorría la calle en aquel momento. Ni siquiera llevaba viajeros, sólo los propios miembros de la compañía, a los que recogía a aquellas horas para trasladarlos hasta el lugar donde dormían los autobuses.

En el piso de arriba se escucharon los pasos arrastrados de Inés, anciana de setenta y cuatro años que seguía levantándose a las seis de la mañana para “hacer sus cosas” A Alejandro se le ocurrió poner música, algo no solía hacer. Introdujo el cd y le dio al play mientras saboreaba el café otra vez. La pieza comenzaba con unas cuerdas tímidas que se arrastraban entre los árboles como el viento de la mañana, veinte segundos y un clarinete, protagonista de la obra, comenzaba a caminar por la tierra levantada de la mancha que Alejandro tanto recordaba. El instrumento parecía estar triste, dudar mientras seguía su senda de niebla y de pájaros madrugadores, pero ahí seguía el hombre. Alejandro cerraba los ojos, bebía café e imaginaba a su padre, a cientos de kilómetros de aquella ciudad, frotarse las manos curtidas, gruesas de los años desgastados, y avanzar contra el frío de lo vasto e inabarcable, del campo infinito.

La pieza terminó con el revoloteo del clarinete que se rompía como el pájaro alejándose del hombre que avanza. Alejandro Gris volvió a sus papeles y retomó la ecuación que, creía, no tardaría mucho más en resolver. El recuerdo de su padre se quedó en la esquina inferior de sus papeles y a la taza roja ya no le quedaba más café.

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